Definete con una sola palabra. La gente rara vez puede contestar con determinación a esta pregunta, por varios motivos: no se conocen lo suficiente; no encuentran ninguna palabra que les defina; o las palabras son demasiado sinceras para representarles. Bueno, me siento orgullosa de decir, que yo, hasta hace bien poco, conseguía definirme con una sola palabra. Fénix.
Era mi definición, mi palabra. Hasta quería tatuarme uno en la espalda para recordarlo siempre (Ketne bien lo sabe que quería hacer presencia de mi sufrimiento), pero por motivos varios, no sólo no me lo he tatuado, sino que ya no puedo definirme en él.
Me gustaba pensar en los Fénix. Son criaturas inmortales. Me gusta esa comparación: no importa las veces que les quemen en la hogera, porque resurgirán de sus cenizas. Es la fortaleza, el no caer dominado ante el destino y la obligación de levantar la rodilla hincada en el suelo. Criatura envuelta en llamas y no se quema, porque da igual las metas que le exijan, porque las afrontará con pasión y ardor. Pero lo mejor de todo, sus alas, la imposibilidad posible, los sueños cumplidos, el poder volar el firmamento, conocimiento negado a tantos otros.
Mi vida ha evolucionado mucho. Soy consciente de ello. Desde aquellos primeros textos infantiles (no sólo por el contenido, sino por las palabras y el mensaje), propios de la edad, en los que aseguraba un falso desvivir a cualquier chiquillo malnacido. A todos nos han roto el corazón alguna vez, de piedra es a quien no. Es parte de la vida, no obstante, he de decir, que, a mi gusto personal, me resulta más agradable oír como cruje mi propio músculo, que procurar sin quererlo a la otra persona el triste final.
Pero esta parte de rompe-corazones también me seguía identificando con el majestuoso ave, tan pasional que es imposible que un humano lo capture sin quemarse. Así me comparaba yo.
Luego, no sabría muy bien decir qué es lo que pasó. No es que me volviera fría. Simplemente, me volví racional. Dejé de creer en la definición contemporánea de amor, por así decirlo. No me volví mezquina, ni mala persona, pero dejé de tolerar ciertas cosas con las que antes mostraba, si acaso paciencia y comencé a mirar sólo por esa parte de mí que no había mirado todavía. Placer inmediato; arrepentimiento castigado a un rincón de la mente. La soledad del Fénix. Esta última ha sido una etapa muy corta, he de decir, aunque siento, frente a algunos temas, cierta nostalgia. Me sigue agradando la sensación de respeto y resquemor que provoco en las personas (que todavía no me conocen) y quiero que siga así por los siglos de los siglos, y sí, amén.
El motivo de mi repentino cambio ha sido el amor ¿Para qué engañarnos? (Ketne también puede corroborar esto: me he vuelto más estúpida y feliz) Nada tiene por qué ser definitivo, pero yo ya veo cómo va a ser esa parte de mi vida que nunca había deseado realmente. Sé con quién pretendo pasar el resto de mi vida. Hasta le dediqué una entrada a Rohnvi incluso antes de que nuestra relación fuese lo que es. Por ahí tiene que estar. Sí, soy consciente de que debería escribirle algo nuevo, más reciente.
Pero a pesar de eso, sigo siendo la misma. No tolero la mala educación, la falta de respeto (que no es lo mismo que la mala educación -a pesar de que muchos lo crean-), no soporto a los imbéciles y menos a los que se lo hacen, del mismo modo que no me llevo bien con los niños (¿para qué mentir? lejos son guapos, luego te acercas y... puede que sea miedo a no saber cómo comportarme con ellos), todas las mujeres, evitando tres o cuatro contadas que se salvan, me parecen unas víboras y arpías que morirían envenenadas si se mordiesen la lengua (y yo me incluyo a veces en esta categoría). Soy prepotente, arrogante y planificadora. Me gusta tener muchos aspectos de mi vida controlados. Y lo mejor de todo: no me importa. No me importaba.
Ahora no sé que voy a hacer con mi vida (sólo tengo un par de temas resueltos -aunque supongo que eso no me diferencia del resto de los mortales-), pero mi obsesión a tener todo claro, me descentra en estos momentos y me aploma. Porque es curioso cómo se niega el hombre a afrontar sus limitaciones o su destino.
Yo ya no renazco como el Fénix. Todavía no estoy muerta, pero sólo aguantaré hasta la próxima quema de brujas.
Ahora es cuando se va por tierra todo lo que había creído de mí.
Hace relativamente poco, me diagnosticaron una enfermedad (13 de Septiembre, si no recuerdo mal, aunque ya llevaba con médicos desde el verano). Intentaba sacarme el carné de conducir. Como a todos, me pedían un examen visual y uno acústico. No llegaron a hacerme el acústico ¿Para qué? No aprobé el visual. La solución fue fácil: óptica. Me probaron mil y una lentes. Todo el mundo sabe de qué va eso de ir a una óptica. La mujer (encantadora, he de afirmar), me aseguró que yo veía igual de bien (o mal) con lentes que sin lentes, cosa que pude comprobar esa misma tarde. Me recomendó ir a un oculista y así lo hicimos. Fue lento y doloroso el proceso. Nos dieron cita y el oculista, me recomendó otro oftalmólogo, este ya especializado en la mácula (de donde yo tengo el problema) y tras hacerme varias pruebas (también arduas y dolorosas -algunas por el tiempo, otras por la prueba en si-) me diagnosticaron la esperada (porque tras tanto tiempo esperando ya es esperada) mi enfermedad STARGARDT (
http://www.retinanavarra.org/index.php?option=com_content&view=article&id=69&Itemid=38&lang=es).
Aquí es donde descubro, que ni soy Fénix, ni gallo, ni gallina. Siempre me he considerado fuerte, valiente, "con dos cojones". Mi padre me ha enseñado a ser así. No pisoteo, pero nadie me mira por encima del hombro si yo no le doy permiso para ello. Cuestión de principios.

Y de repente, ahora, cualquier mañana, cualquier día, me encuentro, tirada en la cama, sin moverme, sin pensar... sollozando sin darme cuenta. Las implicaciones, la vida que ya no tendré... No podré ser nunca médico, ni guardia civil, ni bióloga, ni ingeniero, ni ¿qué se yo? tantas cosas... Posiblemente, la mitad de ellas ni me interesan. Pero es el jugo de lo prohibido, de que te digan que no puedes hacer algo. Todo el mundo dice que el trabajo no es lo único de la vida. No lo niego, no lo es, ni lo será nunca. Pero... y si yo, amante de la literatura, pasionista de la escritura y celosas esposa de las palabras, os plantease ahora, mi problema, mi situación y os dijese que, vosotros amantes al igual que yo, dejaréis de poder leer, de poder escribir, de llevar una vida normal en la calle, de tener que pedirle a Ketne que os lea el cartel de los menús de los restaurantes de comida rápida, de no poder contemplar un atardecer, contemplar a tu familia, a tus amigos, a tu pareja, a tus hijos...
Y entramos en el último tema: nunca he sentido instinto maternal. Ya lo he mencionado antes. Me pongo nerviosa, me ofusco y siempre termino con ganas de matar a alguien. Pero por una extraña razón, esto fue hasta que el ginecólogo me dijo que no iba a tener problemas con mi pequeña manía, porque era remotamente lejano que pudiese quedarme embarazada. Lo dicho. Curioso.
Eso se llama negación a la libertad en cierto aspecto. Sé que las cosas tocan y tocan así al azar. Que no es lo más grave que ha ocurrido en el mundo, que mi vida va a ser feliz, completa y satisfecha. Pero de vez en cuando, el mundo (mis padres sobre todo -más mi padre, al que tanto me parezco-) se olvida de que sólo tengo 19 años y que cuando digo que no quiero ayuda (porque nunca me ha gustado pedirla) no quiero decir eso realmente, que necesito poder volver a levantarme por las mañanas como si fuese un día estupendo con lluvia y tormenta.
¿Quieres saber lo que opino de mí? Mal merecido tenía el apodo de Fénix. Primer problema grave que surge, primer problema del que no sé salir. El resto eran tan sólo minucias.